Cerca del suelo

Hay horizontes que no se dejan alcanzar. No por lejanía, sino porque no funcionan como destino. Se manifiestan como una línea inestable, una zona de paso, un lugar de contacto en el que algo se abre sin entregarse al completo. El horizonte aparece aquí como intersticio: no únicamente como límite entre lo visible y lo indeterminado, sino como un espacio de apertura que excede al propio gesto que lo roza. Acariciarlo no implica atravesarlo ni poseerlo, sino sostener una relación atenta con aquello que permanece en suspensión. El horizonte se muestra como un acceso que renuncia al dominio y se apoya en la cercanía, en el gesto y en la disposición con la que el cuerpo se muestra en las obras.

La horizontalidad atraviesa la exposición no solo como condición formal del lienzo, sino como estado fundamental del cuerpo. En todas las figuras representadas hay una cesión. Inclinarse o detenerse; gestos que ponen de relieve la rendición activa de los diferentes seres representados, en su búsqueda. Podemos atender a través de las pinturas que nos rodean a innumerables cambios de estado del yo, que se revela, en un continuo discurrir del entorno hacia el cuerpo, en el intento de alcanzar esa zona limítrofe e inmensa que abarca el horizonte.

Cada obra nos sitúa ante Un estado del cuerpo en continua exclusión
o aproximación a un deseo de alcanzar, de horizonte no limitado a lo definitorio, ni a la unicidad —ni de las formas ni de la carne—. El horizonte parte aquí de la necesidad de una travesía conjunta, en la que todo atraviesa y, por ende, nos sitúa en la pérdida continua que supone
el ir-hacia. Esta pérdida, inherente a la dirección que todo encaminarse implica, conlleva la constante transfiguración que toman estos seres,
la remodelación de las formas que encarnan las figuras.

Podemos observar la manera en la que la travesía que conforma
el conjunto de obras se nos presenta como un horizonte inasible que
se instaura en el cuerpo. La caída o el reposo dejan de ser una posible amenaza para convertirse en apertura; los cuerpos son testigos y, a la vez, dan muestra de otra narración posible. El cuerpo representado en horizontal no se abandona, sino que se dispone; se abre a una experiencia que no exige una dirección clara o definitoria.
Un buen caminante no deja huellas. La huella indica un rumbo determinado. Y este señala un autor y su intención. El caminante no persigue ninguna intención y no va a ningún lugar. Él camina sin rumbo.
Se funde totalmente con el camino. Solo en el ser surgen huellas, dice Zhuang Zi. Con esta cita nos acercamos al alrededor etéreo que Miguel Ángel nos presenta, ofreciéndonos en su pintura la relación de constante ausencia que cada cuerpo sustenta.

La pintura encarna ese deseo de horizonte a través de la materia y del gesto. El contacto, la velocidad, la densidad y la huella pictórica funcionan como vehículos de propagación: el horizonte no está representado, sino extendido. Cada superficie contiene un exceso silencioso que se proyecta hacia fuera, activando un campo de resonancias en quien presta atención a la travesía que se despliega por la sala. En este sentido, el horizonte se manifiesta como una potencia contenida, siempre a punto de desbordarse, pero que exige el cuidado que manifiestan estos seres que nos rodean.

La disposición espacial de las obras es un elemento fundamental del relato. Los cuadros enfrentados, la horizontalidad del formato y la relación entre las imágenes configuran un dispositivo narrativo en el que nada
es neutro. El espacio actúa como semántica: organiza el vagar, el encuentro y la pausa, proponiendo un recorrido que no conduce a la resolución de cómo asir este posible horizonte, sino a una experiencia
de aproximación, de sostener el planteamiento sin clausurarlo.

Las figuras, partícipes de este topospresentado, nos muestran su cambio de posición como una tentativa de relacionarse con el horizonte desde su propia corporalidad. Sentadas al inicio y, poco a poco, integradas en estos fondos ausentes y nebulosos, aparecen suspendidas en un tiempo de espera, fondo en el que se insertan y evolucionan. Su quietud no es pasiva: se aproximan a la detención como acto fundamental de la búsqueda. Miran hacia dentro, como si la mirada se dirigiese a la carne,
o nos invitan a compartir su escena; la repetición del gesto, una lágrima apenas contenida introduce un desvío, una posibilidad de apertura.
El mundo mismo sueña. El mundo es un sueño. La ausencia mantiene todo en una levitación onírica. La intuición sustituye al camino recto. Avanzar es aquí adentrarse, atravesar sin apropiarse de un entorno aún no reconocido. No se trata de nombrar sino de alcanzar mediante lo sentido.

La exposición no propone certezas, sino un estar. Frente a estas imágenes, el espectador es conducido —no guiado— hacia su propio foco, allí donde algo pueda deslumbrar. En el horizonte existe el exceso sutil y minúsculo que solo se hace presente cuando el cuerpo y la mirada se disponen a acariciarlo.